Tal y como os lo cuento, un cactus. Presencia intimidante e interior lleno de agua, que no de sangre.
Había pasado el 70% de su vida en un desierto existencial, ni un oasis a la vista. Viéndolo así ¿Quién podría culpar al pobre Javier? No era él, eran sus circunstancias. No era él, eran las cientos de excusas en las que podía evadirse. No era él, eran los demás que no podían llegar a comprender.

En sus 35 años nunca reflexionó sobre las facilidades que nos dan para comunicarnos. Prefirió dar por hecho. Patentar la obviedad y así, sentar las bases que marcan la distancia entre lo que debía de ser y lo que es. Así fue. Nunca aprendió a decir las palabras apropiadas en los tímpanos adecuados. Ni que el verbo caer no era sinónimo de anteceder.