Había instalado una moqueta de color gris en su salón, llevaba pensando en ella desde el día que la vio en una casa que desde luego no era la suya. Después de dar vueltas y vueltas por fín la encontró, sin ser consciente de que una parte de ella pertenecía a esa moqueta.
Era sólo una moqueta, pero cada una de sus fibras se electrificaba, sin poder remediarlo, sin poder ejercer ningún control sobre ello. El día finalizaba con huellas de pisadas que marcaban siempre el mismo recorrido y en la esquina superior derecha alguien había derramado sin querer un poco de vino. Pero allí estaba, presidiendo el salón, recordando el camino de vuelta a casa, el camino a los orígenes, equilibrando sin duda aquella habitación rectangular.
A pesar de ser gris y de no tener a simple vista nada en especial emanaba una vibración imposible de ocultar. ¿Qué enigmático poder escondería dicha moqueta? Era un poder de atracción casi mortal... Todo aquel que no se resistía a poner un pie encima terminaba encandilado por sus múltiples fibras. Su estado natural se desvanecía, una sensación de vértigo empezaba a asomar, pulso acelerado, cuenta atrás 3, 2, 1... Padece usted un regreso a su estado de más pura felicidad.
¿Quién lo diría verdad? Era sólo una moqueta equilibrando un salón.
En esta vida hay cientos de cosas con las que convivimos que pueden llegar a ser desesperantes:
Estudiar para suspender, calentar el café para que se enfríe, hablar y no entender, dar para no recibir. Podría seguir enumerando una larga lista de aventuras y desventuras de nuestras acciones más incomprendidas. ¿Total para qué? Nos conocemos todas y cada una de ellas, nos las cuestionamos día a día y seguimos sin encontrar respuesta.
Somos contradictorios, es un hecho. No nos gusta hacernos heridas, pero luego nos pasamos la vida lamiéndonoslas. Si es que al final somos sangre, a veces efervescente y humeante, a veces líquida y oxigenadora. Ríos de sangre que nos envuelven y nos condenan de múltiples formas. Somos hemofilia en estado puro. Pareciese que no tuviéramos opción ante las diversas catástrofes de la vida.
Sé cuantos besos he recibido a lo largo de mi vida, cuantos he dado y cuantos de ellos he cuestionado.
Sé que tengo un pequeño soplo en el corazón.
Sé cuando he mirado con deseo, ternura o desprecio.
También sé cuando mis manos han modelado manos ajenas y cuando han esculpido una nueva obra a conciencia.
Sé que hice para recibir mi primer castigo y como aprendí a castigar.
Sé cuando es y cuando aparenta ser.
Sé prejuzgar, juzgar y sentenciar.
Sé cuando mi cuerpo pierde toda la homeoestasis y ,muchas veces sé, que no sé como recuperarla.
Ahora imagínate que todo esto con sólo una mirada se pudiera radiografiar, sin temor a aquellas cosas que nos podamos encontrar, desvelar los secretos más intensos sin sentirnos pequeños y desvalidos.
Mirarnos de arriba abajo y comprender que nadie es un extraño. Que extraños sólo son los extraterrestres.
Nos quedaremos muy quietos, sin apenas respirar, y entonces alguien nos dirá todo aquello que todavía no hemos sido capaces de escuchar.
Hace unas semanas mi amiga Saray me escribió contándome la metáfora del mar de fondo. Aquí va:
El mar es igual al estado emocional de algún tipo de personas. En la superficie puede estar calmado y tranquilo, pero en las profundidades se esconde una gran diversidad de fauna y flora y la marejada es intensa. Así son algunas personas, la calma que reflejan no tiene nada que ver con lo que ocurre en sus profundidades.
El problema radica en que son plenamente conscientes de que algo se les esta removiendo, pero prefieren no mirar, ya que si miran tendrán que actuar. Mientras ellos miran hacia otra parte, en sus profundidades los remolinos giran cada vez con mayor intensidad y ya no importa cual es el motivo que los desencadena, si no encontrar una manera de afrontarlos que no este contaminada.
¡Aquí no pasa nada, todo está estupendamente! Y mientras lo dice una mirada cabizbaja la delata. Su mar en calma cada día se revela con mas fuerza y ya no hay forma de que pase la tempestad sin que cause ningún destrozo a su paso. Elegir la solución menos dañina normalmente se convierte en una tarea compleja, nuestro comportamiento ya está enturbiado y a causa de esto, quizá no nos veamos capaces de salir del remolino. Entonces ¿Qué mejor que seguir negándonos las evidencias?
Hasta que llega un día, ese día en el que tu mar se desborda. Arrasa las pequeñas y grandes ciudades que se encuentra a su paso, inundando la vida de aquellos que allí habitan. Vuelto a su estado habitual, siente paz, paz efímera, pues desde lo lejos puede observar el destrozo que ha causado.
¿Y ahora qué? ¿Lo arreglamos o preferimos anclarnos al sufrimiento?
No se ni cuantos, ni cuantas habrán pasado por este tipo de situaciones en su vida, pero me lo puedo imaginar.
Pd: Deberíamos de estar mas pendientes de lo que pasa en nuestras profundidades. Tener en cuenta que cuando el estómago nos ruge, quizá no sea sólo de hambre.