Al nacer poco podemos hacer con las primeras decisiones que se nos imponen, que van desde: si te bautizan o no, colegio público o privado, la ropa que llevarás, las fotos que te tomarán, hasta el plato de comida que comerás cada día hasta que, al fin, tengas el poder de tomar tus propias decisiones. Una vez alcanzado dicho momento todo se basa en acertar o no acertar, dejar pasar oportunidades o aprovecharlas, hacer o no hacer, en definitiva, es cuestión de elegir nuestro camino.
Las primeras decisiones de nuestra vida las tomamos de manera un tanto inconsciente, no sopesamos pros y contras, ni pensamos en las posibles consecuencias, no nos importa, porque tampoco nos arrepentimos de ellas, las vivimos como actos momentáneos y de perdidos al río. Somos jóvenes y no tenemos ganas de complicarnos pensando en un más allá.
Pero con el paso del tiempo las decisiones empiezan a pesar y con ello las lamentaciones ante la carga. ¡Espaldas robustas que se encorvan! Somos tan obtusos que solo nos centramos en aquellas oportunidades que perdimos. Lloros, lloros y más lloros. Y si hubiera hecho... Es que si hubiera elegido lo otro... Si no hubiese dejado pasar la oportunidad... Cuando nos va mal ¡como nos gusta quejarnos! ¡como nos acordamos de todo aquello que dejamos pasar! Pero... ¿Y qué hay de las oportunidades aprovechadas? Las decisiones acertadas parece que pasan de largo ante nosotros, les restamos importancia, no las valoramos como deberíamos ¡Gracias a esas decisiones somos lo que somos! Y gracias a ser lo que somos nos diferenciamos de los demás. Quizá hemos hecho el camino más largo y complicado, tal vez hemos añadido cicatrices a nuestra impenetrable piel, pero de coscorrones y caídas se aprende.
Quizá eso sea la vida, recordar aquellas bifurcaciones en las que no tienes claro si el camino elegido fue el correcto o no, sin acordarte nunca de aquellas bifurcaciones en las que esquivaste el camino malo. Cuando aciertas no te acuerdas, pero como sospeches que te has equivocado… Curioso mecanismo cerebral ¿Qué necesidad evolutiva lo habrá desarrollado? Atormentarse sin parar por algo que sospechamos y de lo que no tenemos certeza alguna.
Pero al final, si lo piensas un poco ahí está la clave, no tenemos ninguna certeza de nada, por lo tanto ¿Por qué no nos olvidamos de los "y si si" y los "y si no" y nos centramos en lo que tenemos y en lo que nos quedar por elegir?