En esta vida hay cientos de cosas con las que convivimos que pueden llegar a ser desesperantes:
Estudiar para suspender, calentar el café para que se enfríe, hablar y no entender, dar para no recibir. Podría seguir enumerando una larga lista de aventuras y desventuras de nuestras acciones más incomprendidas. ¿Total para qué? Nos conocemos todas y cada una de ellas, nos las cuestionamos día a día y seguimos sin encontrar respuesta.
Somos contradictorios, es un hecho. No nos gusta hacernos heridas, pero luego nos pasamos la vida lamiéndonoslas. Si es que al final somos sangre, a veces efervescente y humeante, a veces líquida y oxigenadora. Ríos de sangre que nos envuelven y nos condenan de múltiples formas. Somos hemofilia en estado puro. Pareciese que no tuviéramos opción ante las diversas catástrofes de la vida.
Sé cuantos besos he recibido a lo largo de mi vida, cuantos he dado y cuantos de ellos he cuestionado.
Sé que tengo un pequeño soplo en el corazón.
Sé cuando he mirado con deseo, ternura o desprecio.
También sé cuando mis manos han modelado manos ajenas y cuando han esculpido una nueva obra a conciencia.
Sé que hice para recibir mi primer castigo y como aprendí a castigar.
Sé cuando es y cuando aparenta ser.
Sé prejuzgar, juzgar y sentenciar.
Sé cuando mi cuerpo pierde toda la homeoestasis y ,muchas veces sé, que no sé como recuperarla.
Ahora imagínate que todo esto con sólo una mirada se pudiera radiografiar, sin temor a aquellas cosas que nos podamos encontrar, desvelar los secretos más intensos sin sentirnos pequeños y desvalidos.
Mirarnos de arriba abajo y comprender que nadie es un extraño. Que extraños sólo son los extraterrestres.
Nos quedaremos muy quietos, sin apenas respirar, y entonces alguien nos dirá todo aquello que todavía no hemos sido capaces de escuchar.
Hace unas semanas mi amiga Saray me escribió contándome la metáfora del mar de fondo. Aquí va:
El mar es igual al estado emocional de algún tipo de personas. En la superficie puede estar calmado y tranquilo, pero en las profundidades se esconde una gran diversidad de fauna y flora y la marejada es intensa. Así son algunas personas, la calma que reflejan no tiene nada que ver con lo que ocurre en sus profundidades.
El problema radica en que son plenamente conscientes de que algo se les esta removiendo, pero prefieren no mirar, ya que si miran tendrán que actuar. Mientras ellos miran hacia otra parte, en sus profundidades los remolinos giran cada vez con mayor intensidad y ya no importa cual es el motivo que los desencadena, si no encontrar una manera de afrontarlos que no este contaminada.
¡Aquí no pasa nada, todo está estupendamente! Y mientras lo dice una mirada cabizbaja la delata. Su mar en calma cada día se revela con mas fuerza y ya no hay forma de que pase la tempestad sin que cause ningún destrozo a su paso. Elegir la solución menos dañina normalmente se convierte en una tarea compleja, nuestro comportamiento ya está enturbiado y a causa de esto, quizá no nos veamos capaces de salir del remolino. Entonces ¿Qué mejor que seguir negándonos las evidencias?
Hasta que llega un día, ese día en el que tu mar se desborda. Arrasa las pequeñas y grandes ciudades que se encuentra a su paso, inundando la vida de aquellos que allí habitan. Vuelto a su estado habitual, siente paz, paz efímera, pues desde lo lejos puede observar el destrozo que ha causado.
¿Y ahora qué? ¿Lo arreglamos o preferimos anclarnos al sufrimiento?
No se ni cuantos, ni cuantas habrán pasado por este tipo de situaciones en su vida, pero me lo puedo imaginar.
Pd: Deberíamos de estar mas pendientes de lo que pasa en nuestras profundidades. Tener en cuenta que cuando el estómago nos ruge, quizá no sea sólo de hambre.
Siempre me ha llamado la atención el término gamberra, no se por qué, pero me despierta cierta ternura. Quizá porque es aplicable en muchas situaciones. Desde el niño pequeño que hace travesuras y se le regaña diciendo ¡No me seas gamberro anda! Pasando por el adolescente indomable ¡Desde luego menudo gamberro esta hecho! Llegando a un punto en el que eres tu mismo quien califica de gamberros a los demás.
Gamberra: Que escandaliza, molesta o comete destrozos en sitios público.
Desde mi punto de vista una gamberra no lo hace con maldad, simplemente se divierte.
Se divierte y no se detiene a pensar en el que dirán los demás. Se sigue divirtiendo y a su vez tropezando contra los daños colaterales y los propios que va provocando a su paso. Se detiene y se adueña del tiempo para aprender, hace repaso y avanza, nunca se estanca, porque en esta vida disfrutar y reírse de todo lo que le rodea nunca ha dejado de ser una prioridad.
Tenemos suerte si gamberra es un un adjetivo que nos ha acompañado toda la vida.
Pasada una determinada edad la gente deja de comer helados de fresa, es un hecho, y no tiene nada que ver con la perdida de papilas gustativas ya que solo a partir de los 60 años es notoria. También se dejan de pisar los charcos que se encuentran por las avenidas y no se debe a que el material de sus katiuskas haya bajado de calidad. A su vez uno empieza a dejar de fijarse en la pegatina que viene con las bolsas de patatas. Podría nombrar cientos de ejemplos absurdos sobre hechos y actos que antes constituían un pequeño placer pero que se abandonan.
Con los años cogemos la manía de hacer invisibles miles de cosas, entre ellas, esas cosas que antes constituían la base de una ilusión efímera que te regalaba unos minutos con los que poder deleitarte. Situaciones y detalles que ahora obviamos y optamos por conformarnos solo con una minoría de todos los que podrían ser. Nos alejamos de nosotros mismos para acercarnos a lo que se supone que debemos de ser y a ello lo bautizamos con el termino de "etapas".
- Yo ya no tengo edad para hacer esas cosas.
Por favor, diferenciemos entre crecer y el hecho disfrutar las cosas como un niño sin que te tachen de inmaduro. No sé, ni quiero saber, qué será de nosotros si cada día que pasa perdemos un poco de nuestra capacidad para sorprendernos y que nos sorprendan. Qué pasará si nos avergonzamos de lo que nos gusta, solo porque así damos una imagen más acorde con lo que se nos supone que somos ¿Qué tenemos que hacer para darnos cuenta de que la opinión ajena no es tan relevante como nos hacen ver? No se, ni quiero saber, cual es el punto de retorno cuando ya nada te hace disfrutar.
Así que yo voto por abuelos con bolsas de chuches, madres con calcomanías en los brazos y helados de fresa para todo el mundo.