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Vivían en un mundo de sinónimos y dormían durante breves franjas de tiempo. Llevaban tantos kilómetros así que no se habían dado cuenta de lo oxidados que estaban su cuerpos, de los surcos que se empezaban a apreciar en su ajada piel. Ni una vacuna de tétanos salvaría a quien se atreviera a acercarse a ellas. Estaban en el mundo de su vida, el que ellas mismas se habían creado, pero el sol ardía como si el fuego caminara con ellas.
¡Ay! lo que darían por un par de días de pura antonimia, quizá eso aliviaría su malestar crónico, quizá su piel oxidada se regenerase hasta alcanzar nuevamente la suavidad extrema, quizá su mundo etéreo sólo era buena idea como fantasía, en la realidad, la sangre hierve debajo de la piel.
