Estamos malditos y ¡Maldita sea! Estamos condenados a no saber corresponder en la medida ni en la forma adecuada. Estoy segura de que se trata de algún tipo de mal de ojo o quizá una predisposición genética hacia la duda como estado predilecto.
Queremos que nos quieran, pero a la vez queremos que paren de hacerlo. Parece ineludible el evitar una colisión a estas alturas de la vida en la que en algún momento desaprendimos a mirarnos, a como tocarnos, desaprendimos el esfuerzo de entendernos.
Solo sabemos que;
Queremos.
Queremos querer.
Queremos que nos quieran como nosotros queremos.
Y al final. Queremos derrocarnos.
Es el egoísmo del verbo querer (del no saber querer), que al final nos enturbia la vista y terminamos escogiendo el prisma inadecuado por el cual observar. Empezar a dudar. Dar paso a la soberanía del individualismo y del yo ante todo.
Aún así, dentro de lo complicadas que hacemos las cosas me gusta pensar que en el fondo 6 de cada 10 parejas que no se soportan acabarán haciendo el amor esta noche. Porque el único egoísmo que considero admisible de aplicar, es aquel que hace que yo esté bien para que tú estés mejor.
domingo, 26 de julio de 2015
sábado, 4 de julio de 2015
Un verbo instransitivo.
Llevaban un tiempo viviendo en la angustia temporal del miedo a lo común, a lo exageradamente normal. Por ello cada noche se enredaban en unas sabanas diferentes, intentando convencerse a sí mismas de que esta vez no sería como las demás. Amores vacíos que regalan los oídos y envuelven el cuerpo.
Al día siguiente quedaban para desayunar y decidían helarse con la indiferencia. Hacía demasiado calor como para mantener una actitud volcánica. No eran de anudarse al primer sujeto de rasgos intensos. Disfrutaban de la libertad del (des)amor, infartaban a los demás y se infartaban así mismas.
Podría decirse que semanalmente engrosaban la lista de cualidades que las definían, su vida era un constante hallazgo y revoltijo de emociones. El verbo disfrutar nunca se había consumido tanto. Disfrutaban de buena salud. Disfrutaban de sus excesos y vicios. Disfrutaban de su mera compañía. Sin duda eran un verbo instransitivo.
Un verbo instransitivo que no necesita de un complemento directo para hacer o deshacer las tramas de la vida. Eran mujeres, mujeres completas que descubrieron en el arte de conocerse, el don para la felicidad.
Al día siguiente quedaban para desayunar y decidían helarse con la indiferencia. Hacía demasiado calor como para mantener una actitud volcánica. No eran de anudarse al primer sujeto de rasgos intensos. Disfrutaban de la libertad del (des)amor, infartaban a los demás y se infartaban así mismas.Podría decirse que semanalmente engrosaban la lista de cualidades que las definían, su vida era un constante hallazgo y revoltijo de emociones. El verbo disfrutar nunca se había consumido tanto. Disfrutaban de buena salud. Disfrutaban de sus excesos y vicios. Disfrutaban de su mera compañía. Sin duda eran un verbo instransitivo.
Un verbo instransitivo que no necesita de un complemento directo para hacer o deshacer las tramas de la vida. Eran mujeres, mujeres completas que descubrieron en el arte de conocerse, el don para la felicidad.
lunes, 8 de junio de 2015
Arizona.
Javier había cumplido 35 años y todavía era un cactus.
Tal y como os lo cuento, un cactus. Presencia intimidante e interior lleno de agua, que no de sangre.
Había pasado el 70% de su vida en un desierto existencial, ni un oasis a la vista. Viéndolo así ¿Quién podría culpar al pobre Javier? No era él, eran sus circunstancias. No era él, eran las cientos de excusas en las que podía evadirse. No era él, eran los demás que no podían llegar a comprender.
Javier es de los que dinamitan antes de tan siquiera empezar. Recrean la situación de lo que podría ser un oasis temporal. La ven de lejos. La ven de cerca. Les gusta pero prefieren terminar con ello antes de que haya empezado, como hace todo buen cactus. Siempre llenos, llenos de sí mismos. Incapaces de verbalizar su sediento malestar.
En sus 35 años nunca reflexionó sobre las facilidades que nos dan para comunicarnos. Prefirió dar por hecho. Patentar la obviedad y así, sentar las bases que marcan la distancia entre lo que debía de ser y lo que es. Así fue. Nunca aprendió a decir las palabras apropiadas en los tímpanos adecuados. Ni que el verbo caer no era sinónimo de anteceder.
Tal y como os lo cuento, un cactus. Presencia intimidante e interior lleno de agua, que no de sangre.
Había pasado el 70% de su vida en un desierto existencial, ni un oasis a la vista. Viéndolo así ¿Quién podría culpar al pobre Javier? No era él, eran sus circunstancias. No era él, eran las cientos de excusas en las que podía evadirse. No era él, eran los demás que no podían llegar a comprender.
Javier es de los que dinamitan antes de tan siquiera empezar. Recrean la situación de lo que podría ser un oasis temporal. La ven de lejos. La ven de cerca. Les gusta pero prefieren terminar con ello antes de que haya empezado, como hace todo buen cactus. Siempre llenos, llenos de sí mismos. Incapaces de verbalizar su sediento malestar.En sus 35 años nunca reflexionó sobre las facilidades que nos dan para comunicarnos. Prefirió dar por hecho. Patentar la obviedad y así, sentar las bases que marcan la distancia entre lo que debía de ser y lo que es. Así fue. Nunca aprendió a decir las palabras apropiadas en los tímpanos adecuados. Ni que el verbo caer no era sinónimo de anteceder.
domingo, 10 de mayo de 2015
Vendaval.
Me gustaba ser un vendaval.Viento huracanado.
Lava en la piel.
Me gustaba, más que cualquier cosa en este mundo.
Quebrarme/te.
Romperme/te.
Fraccionarme/te
Tú eras una eterna tempestad.
La llama del incendio y a su vez el aire que lo aviva.
Un día, dispuestos a crear el mayor de todos los desastres naturales, nos atamos las venas el uno al otro y en sentido inverso, como si de los cordones de nuestros zapatos se tratasen. Yo sería los hematíes que le dan color a tu sangre y tu el plasma que me protege de toda lesión.
Es entonces cuando pecamos de necios. Nos creímos infranqueables.
Nos quebramos.
Nos rompimos.
Nos fraccionamos.
Nunca jamás nos recuperamos, no eramos más que un amasijo de piel.
De la tempestad que prometíamos ser, no había quedado nada.
miércoles, 6 de mayo de 2015
Crème Brûlée
Nosotros.Los golosos.
Los que daríamos un pedazo de nuestro alma por un trocito de pastel. Estamos aquí, dispuestos a comernos (y a que nos coma) el mundo a cucharadas, bocados y mordiscos. A mancharnos las vestiduras por espolvorear tanto azúcar y quemarnos los dedos a causa de nuestra impaciencia perpetua.
Nosotros.
Los golosos.
Los que representamos el último pero sin duda, el mejor bocado del día. Somos ese hambre que te entra justo después de comer. Una detonación en el paladar. Tus ganas y nuestro empacho por partes iguales.
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