Para Margot era un día más en su rutinaria vida. Hacía ya meses que se había mudado a la ciudad a causa de una suculenta propuesta laboral, después de años y años en empleos mediocres en los que nadie había reconocido su talento, la oportunidad de su vida se le estaba presentado a los 33. No dudó en aceptar, todo era demasiado tentador como para rechazarlo y siendo realista, los años y las desilusiones empezaban a fustigar su cuerpo cada vez de una forma más violenta que la anterior.
La felicidad inicial fue inmensa, fuera a donde fuese era reconocida y admirada, no le faltaban aduladores con los que ir a cenar y amistades de lo más extravagantes. Sin embargo, esta se vio mermada a lo largo de los meses, el éxito del que ahora disfrutaba le había hecho sacrificar determinados aspectos de su vida que ahora anhelaba . Las oportunidades que se convierten en condenas, curiosa paradoja.
Hoy hace un año exacto desde que empezó su nueva vida, con nueva posición económica, nuevas amistades y una casa mucho mas grande. El sonido abrumador del despertador marca las 5:45, Margot se despertó como si de un autómata se tratara, muy propio de ella, dio pequeños pasos perezosos hasta el baño. El espejo le devolvió el reflejo de un rostro extenuado, los evidentes signos de cansancio le hacían parecer un tanto mayor, sin mayor detenimiento procedió con el ritual de cada mañana.
La efímera felicidad de las mañanas era lo que mantenía las constantes vitales de Margot. Decidía madrugar en demasía para poder regalarse un desayuno placentero, era su momento zen del día, algo totalmente imperturbable. Ya no disponía de tiempo para malgastar con aduladores, ni tardes ociosas con las que poder deleitarse. Madrugar le reconfortaba, le proporcionaba todavía cierto control sobre su vida y su tiempo. Esta mañana suenan Simon & Garfunkel en un viejo tocadiscos que instaló en el salón, todavía puede disfrutar de los 45 minutos restantes que le quedan antes de coger el coche, disfruta de las vistas que se aprecian desde la ventana e inconscientemente se abstrae en sus pensamientos. El ruido que produce el vinilo al dejar de sonar le devuelve a la realidad de su salón, entonces es cuando adquiere consciencia del crujir de las escaleras, esas viejas escaleras de madera deformadas por el paso del tiempo.
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miércoles, 10 de septiembre de 2014
martes, 6 de mayo de 2014
Cara B.
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Paul Cezanne. Scipio, the Negro. 1865 |
Un ventilador antiguo da vueltas sin cesar en una especie de salón, y dice especie, porque le resulta difícil discernir que es cada habitáculo con tan poco mobiliario. Lo único que perturba el más profundo de los silencios es ese ventilador cortando el aire, si lo escucha con atención parece el compás de una melodía. Busca en los bolsillos de su pantalón, en el derecho lleva unas llaves de color dorado, en el izquierdo un papel arrugado con algo escrito a lápiz de ojos totalmente indescifrable. Intenta recordar pero por más esfuerzo que hace parece que el último recuerdo le quiere jugar una mala pasada y juega a esconderse por su mente.
Nada parece tener sentido y el calor se esta empezando a volver insoportable, moldeando su cuerpo como si de arcilla se tratase. Todo empieza a moverse bajo sus pies revelando una gigantesca grieta que le enfrenta al abismo, abismo que le arrastra, hasta su propia cama. Nada ha sido real.
Respira aliviado.
Nada parece tener sentido y el calor se esta empezando a volver insoportable, moldeando su cuerpo como si de arcilla se tratase. Todo empieza a moverse bajo sus pies revelando una gigantesca grieta que le enfrenta al abismo, abismo que le arrastra, hasta su propia cama. Nada ha sido real.
Respira aliviado.
jueves, 1 de mayo de 2014
Cass ya no es la chica más guapa de la ciudad
Un cuarto de siglo después ya nada era como parecía serlo antes, unos kilos demás, botellas vacías en el cubo de la basura y arrugas que se asoman en el borde de sus ojos, ya no soporta compararse a si misma con Cass, a pesar de ser también la menor de cinco hermanas y poseer un carácter rayando la locura. Ahora, ¿qué mas da? ya no era la chica más guapa de la ciudad, no había muerto a los 20 años y ningún hombre la consideraba una máquina sexual. Había dejado de ser su relato favorito, ya no sentía esa fascinación de juventud hacía él. ¿Será esto lo que hace la edad? dejar de ser lo que eras, dejar de disfrutar las cosas que antes te entusiasmaban, convertirte nuevamente en una desconocida en busca de sí misma.
Desde luego si algo era cierto, es que estaba cansada de encontrarse una y otra vez.
Desde luego si algo era cierto, es que estaba cansada de encontrarse una y otra vez.
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